La flauta cambió a Juan Andrés

Placita de FloresGrupo 1

El primer grado fue una etapa difícil para Juan Andrés. Hijo de madre soltera y dueño de una vida solitaria, sin ruido, la escuela para él fue como lanzarse a las borrascosas aguas de un río sin haber aprendido antes a nadar. Llegó al primer grado con el acelerador oprimido, expectante por conseguir amigos, por protagonizar aventuras, por jugar y divertirse y así, olvidarse de su ausente padre y de las múltiples ocupaciones de su madre. El freno para Juan Andrés también fue sin previo aviso. Iba perdiendo el año y sus profesores tomaron cartas en el asunto: “Juan Andrés, o te pones las pilas o te echan del colegio”, le dijeron.

Pasó el año trabajosamente y se inscribió a clases de música en el pasado mes de febrero, cuando apenas iba a iniciar el segundo grado. Juan Andrés, quien no pasa del metro y 20 centímetros de estatura, se dio cuenta de que la música era como un calmante para su espíritu rebelde, como un oasis en medio de su joven y tumultuosa existencia.

Dice Juan Camilo Idárraga, su profesor de música, que al cabo de pocos meses Juan Andrés ha transformado su carácter, se ha hecho más aplomado, más tranquilo, aunque sin perder la alegría propia de un niño. “El cambio en él ha sido sorprendente, pues al principio jugaba sables con la flauta y en vez de soplar escupía. Era un niño muy difícil de llevar y ahora es uno de los más atentos del grupo”, confirma Juan Camilo.

Las clases de música en la institución Héctor Abad Gómez hacen parte de otra grandiosa iniciativa de la Corporación Héctor Abad Gómez, que desde dos años ha venido impulsando la cultura entre los estudiantes más jóvenes y vulnerables de la ciudad de Medellín. Las clases se llevan a cabo en las instalaciones de la institución, en el centro de Medellín, y en su sede San Lorenzo, del barrio Niquitao, y en convenio con la Fundación Yamaha.

Juan Camilo, designado para la noble tarea desde el año pasado, les enseña a más de 60 niños a tocar la flauta, la guitarra, la guacharaca, el bongó y la pandereta. “El próximo 8 de octubre tenemos el gran reto de tocar en vivo en la Estación Metro de El Poblado y en el colegio, y la idea es llevarlos a todos. Por ahora son muy pocos los niños que han tenido un avance progresivo, pero esperamos que cuando llegue esa fecha todos los alumnos puedan tomar parte del concierto”, expresa Juan Camilo.

Uno de los niños que ha tenido un sin igual progreso en cuanto a la lectura musical y la interpretación instrumental es Andrés Felipe, quien también cursa el segundo grado. Felipe ya se sabe más de cinco canciones y debido a su comportamiento, se ha convertido en la mano derecha del profesor durante las clases. “Me sé la ‘Oveja de María’, la ‘Vaca Lola’ y ‘Vamos a la bahía, además de otras que me ha enseñado el profe”, cuenta el pequeño Felipe, quien también ha mejorado, gracias a la música, sus impulsos agresivos. “Antes me gustaba mucho pelear, pero ahora ya no me gusta”, dice.

“A veces nos retrasamos por el mal comportamiento de los niños, quienes son habitantes de un barrio difícil como Niquitao, y quienes están acostumbrados, gracias a sus padres, a la mendicidad y a la venta ambulante. Durante la Feria de las Flores no hubo manera de tenerlos estudiando, pues todos se fueron a rebuscarse la vida con sus padres”, narra con crudeza Juan Camilo, quien hace todo lo posible por salvar a sus alumnos de la dura realidad que a diario los acorrala. “La música puede ser una salida, pero es un proceso muy largo”, admite.

La música como esperanza de vida, en eso se han convertido las clases de Juan Camilo, quien con su maleta llena de flautas, pretende alegrar los corazones de los pequeños niños de las dos sedes del Héctor Abad Gómez, y quizás, cambiar para bien el rumbo de sus jóvenes vidas.