El sembrador siempre nace

Hace dieciocho años, en 2007, el médico y salubrista Saúl Franco —uno de los alumnos de Héctor Abad Gómez— compartió este homenaje durante la conmemoración de los 20 años del asesinato del doctor Abad, en el acto “Y la muerte no tendrá señorío”. Sus palabras recuperan la memoria del “sembrador” incansable y un legado humanista que sigue iluminando la salud pública en Colombia y germinando en nuestra vida colectiva.

Hace exactamente 25 años, entonces era  agosto de 1982, al ofrecer uno de los actos con los que celebramos la jubilación del Profesor Héctor Abad Gómez, le dije por primera vez: “El sembrador siempre nace”[1].

Hoy, al ver lo que vemos aquí y en muchas regiones del país, al leer lo que hemos leído de él y sobre él en estos primeros veinte años de su muerte, y al sentir lo que sentimos en actos de tanta intensidad humana y calidad académica, puedo reafirmar con renovada energía y argumentos incontrastables: Héctor Abad, el sembrador, siempre nace.

La expresión contiene dos afirmaciones sustanciales. La primera: que Abad Gómez fue un sembrador. La segunda: que quien dedica su vida a sembrar, nunca muere. Sembró, desde su infancia en Jericó hasta su muerte en la puerta de la sede de los maestros antioqueños aquí en Medellín, ideas de amor y respeto a la vida; de rebeldía contra la pobreza, la injusticia y la exclusión; de nuevos sentidos para la salud pública, la medicina social, la promoción de la salud y lo que hoy se llama determinantes sociales de la salud. Sembró cinco hijas  y un hijo en las entrañas fértiles  de doña Cecilia. Sembró organizaciones y apoyó movilizaciones por la defensa del agua limpia, de la leche pura, de la vacunación preventiva, de los hospitales públicos, de los marginados del poder y del dinero,  de los derechos de sus colegas los profesores  universitarios y de los derechos humanos, su suprema y costosa obsesión. Sembró rosas en su refugio de Rionegro. Sembró dudas y esperanzas en quienes tuvimos la suerte irrepetible de haber sido sus alumnos.

Y claro, quien tanto siembra, vive renaciendo. Por eso nunca muere, aunque lo maten con seis tiros como a él. Lo hirieron en el pecho, y no murió. Lo abalearon en la cabeza y en el cuello y, aunque cayó para siempre, nunca murió. Ha estado vivo cada día de estos primeros veinte años de orfandad de todos nosotros. Y resucitó para siempre en el monumento vivo e indestructible que le construyó su hijo Héctor Joaquín en el libro apasionado y riguroso “El olvido que seremos”.  Creo Héctor que esta obra,  producto de  un amor filial tan grande que te llevó a preferirlo al mismo cielo, como se lo dijiste a la monjita Josefa: “Yo ya no me quiero ir para el cielo. A mí no me gusta el cielo sin mi papá. Prefiero irme para el infierno con él” [2], esta obra, digo, hizo ya definitivamente imposible el olvido de tu papá. Los demás, sus discípulos, sus amigos, los herederos de sus siembras, nos encargaremos de seguir escribiendo a diario, sin duda con menos brillo que el tuyo pero  con enorme afecto y decisión de acero, otra obra con un título comprometedor : “El olvido que impediremos”.

Dado que ya  otros aspectos de su vida, en especial su calidad humana, su carácter de padre, líder y luchador infatigable por los derechos humanos, han sido cuidadosamente desarrollados por otros de sus familiares, amigos y estudiosos, por razones de campo profesional y por haberle conocido en especial su faceta de médico-salubrista, quiero dedicar estas anotaciones a enunciar algunas de las dimensiones en que el profesor Abad vivió, entendió y enseñó la salud pública, y de las tensiones que padeció e hizo padecer por su genial  forma de interpretarla y practicarla.

Arriesgo una primera afirmación al respecto: Héctor Abad tenía la salud pública en su código genético. En otras palabras: la salud pública no era externa, ocasional o utilitaria en su vida. Era hilo conductor, razón de vida, pasión insaciable. O, como ya lo he escrito varias veces: Abad Gómez era un salubrista esencial[3].

Como visionario que fue en el campo de la salud pública, no permite que lo ubiquemos de manera rígida en alguna de las principales escuelas o corrientes de pensamiento y de acción del campo salubrista. Después de pensarlo mucho y despacio he ido concluyendo que Abad se formó en la corriente higienista, practicó durante toda su vida el preventivismo, y contribuyó intuitiva y eficazmente a sentar las bases de la corriente médico-social latinoamericana.  Me explico.

La Higiene, palabra derivada del nombre de la diosa de la salud, predominó en la concepción hipocrática de la salud. Era una higiene privada que luego, transformada por los horrores de la peste en la edad media, devino en higiene pública. Era un conjunto de normas que debían ser observadas para mantener la salud y evitar las enfermedades[4]. Normas de alimentación, de aseo, del vestido, del ejercicio, en la higiene privada. Normas de limpieza social – no en el trágico sentido actual en nuestro país – , de control de los lugares públicos, de sujeción de ciertas conductas individuales ante los imperativos colectivos.   Sanidad y salubridad son las dos palabras clave para la higiene. Y confirmando que la higiene no es cosa de médicos, fue el filósofo Emmanuel Kant,  quien  delimitó con claridad las dos higienes: “Aquello que es bueno para la salud de cada uno, se denomina saludable; aquello que compete a todos, salubre”[5]. Y bajo ambas modalidades, la higiene predominó en el mundo de lo que hoy llamamos  salud pública hasta cuando el descubrimiento de los agentes etiológicos provocó una revolución que terminó imponiendo la actitud preventiva y fortaleciendo la medicina clínica a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pues bien. Abad vivió obsesionado por la higiene, la de todos y la de cada uno. La del agua, del aire, de la leche, de las comidas, de las manos, de los pies y los zapatos.

Pero no se quedó en la higiene. Captó desde muy temprano la importancia de prevenir las enfermedades. Vacunar y desparasitar fueron algunas de las bases del preventivismo. Y Abad se empeñó por tanto en impulsar la vacunación masiva, contra la poliomielitis en Antioquia, contra la fiebre amarilla en el Putumayo, contra todas las enfermedades para las que hubiera vacuna en todo el país. Como era un Maestro- carácter  también esencial en él –  no podía limitarse a hacer prevención. Tenía que enseñar a prevenir. En 1957 fue invitado a fundar, y efectivamente creó el Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, su nicho académico durante el cuarto de siglo más activo de su vida de salubrista. En 1963 fundó en Medellín la Escuela Nacional de Salud Pública que, con carácter de Facultad, hoy lleva su nombre. Y como para enseñar en serio tenía que investigar de alguna forma, lo hizo, a veces con más dedicación que rigor, pero siempre con seriedad y una aguda visión de lo esencial. Un año antes de su muerte, en una especie de autocrítica, reconoció los límites del modelo preventivo. “Ya es tiempo de que los médicos y los salubristas nos preguntemos, reflexionemos, pensemos en si por habernos dedicado exclusivamente a la prevención de las enfermedades, al tratamiento de ellas y a la rehabilitación de sus secuelas, hemos olvidado la observación en conjunto de la vida humana, de las comunidades humanas, de sus otros problemas tales como la pobreza, la desocupación, la injusticia, la violencia, la inseguridad, la deficiente organización social”[6].

Sin proponérselo, y hasta ahora sin el suficiente reconocimiento académico, contribuyó a poner las bases del pensamiento médico-social latinoamericano y a la conceptualización hoy en boga de los determinantes sociales de la salud. ¿O no es exactamente eso el enunciado antes citado, su persistente afirmación del origen, la naturaleza y la dinámica social de las enfermedades, y su ejemplar llamado a la organización y a la participación social para lograr condiciones de vida y de salud dignas y políticas y programas de salud equitativos y adecuados?  Posiblemente siguiendo sin saber uno de esos guiones secretos de la vida, veinte días antes de su muerte lo invité y aceptó participar en el IV Congreso Latinoamericano y V Mundial de Medicina Social en el recinto de Quirama. Allí moderó uno de los paneles centrales sobre la salud en el proceso de paz centroamericano y  le escuché por última vez de viva voz sus lecciones imborrables sobre el carácter y el papel político de la salud pública, sobre la prioridad de la defensa de la vida y de los derechos humanos aun en medio de las guerras, y sobre la dimensión de la salud como un puente para la paz.

Sería tan injusto con él como abusivo con el tiempo de ustedes si pretendiera exponer sus principales aportes conceptuales en salud pública. Corriendo el riesgo de excesiva simplificación quiero, no obstante, sólo enunciar tres de ellos dada si vigencia y riqueza.

El primero se refiere a la promoción de la salud. Más que un teórico, el profesor Abad fue un promotor convencido de la promoción de la salud. Fue sin duda el pionero en Colombia de esta dimensión de la salud pública. Treinta años antes de que se promulgara la Carta de Ottawa, cédula de ciudadanía de la promoción de la salud, ya él estaba formando promotoras rurales en el municipio de Santo Domingo. Y se empeñó tanto en desarrollar la idea que había aprendido en México, que a los veinticinco años de iniciado el trabajo había ya en el país 5.000 promotoras rurales de salud, “mis cinco mil novias” como las llamó en el enamorado artículo periodístico del 23 de agosto de 1981  [7].

El segundo aporte que destaco hoy es la dimensión internacional de la salud pública que el Dr. Abad aprendió y enseñó tempranamente. A mitad del siglo pasado, cuando nadie hablaba de globalización y cuando los procesos de internacionalización estaban apenas embrionarios, ya él estaba en los Estados Unidos haciendo su posgrado en Salud Pública Internacional, en Mineapolis. Desde entonces estableció y mantuvo por siempre vínculos académicos y de trabajo sanitario con estudiantes, investigadores y funcionarios de distintos países y organismos internacionales y logró una presencia internacional destacada. Pero el punto a resaltar es su visión internacionalista de los problemas y las soluciones en el campo de la salud. Entendía que ni las epidemias ni sus curas respetan las fronteras nacionales. Que la cooperación internacional en salud es un recurso necesario para enriquecer los enfoques y las acciones en salud, al tiempo que es un amplio espacio de intercambio y enriquecimientos mutuos.

Y el tercer aporte visionario de mi Maestro fue el ejemplo y el llamado a reconocer la violencia como problema prioritario de salud pública en nuestro país. Hace 45 años, justo en 1962,  Abad invitó a los asistentes al primer Congreso Colombiano de  Salud Pública a investigar, con los métodos y recursos epidemiológicos, el tema de la violencia[8] . La entendía no como una enfermedad, sino como “un síntoma de profundas enfermedades sociales de tipo religioso, político, cultural o económico”[9].  Sostuvo que la violencia era social y culturalmente construida y determinada. Se opuso a quienes creían que la violencia podría tratar de acabarse oponiéndole más violencia, lección que el actual gobierno se niega en aceptar. Y terminó sus reflexiones sobre el tema preguntándose y preguntándonos, con la mezcla de ingenuo y provocador que siempre tuvo: “¿Si sabemos el diagnóstico y los remedios, por qué no aplicamos los remedios? “

Posiblemente ustedes sepan que yo terminé dedicando la mayor parte de mi vida intelectual a tratar de  comprender este fenómeno mediante el estudio y la investigación constantes,  y a contribuir en algo a divulgar su importancia y a sugerir ideas y acciones posibles para su abordaje. Ante ustedes reconozco hoy, con una mezcla de dolor y gratitud, que fueron las enseñanzas en vida, pero sobre todo el golpe del asesinato del Dr. Abad, de mi amigo Leonardo Betancur, de Pedro Luis Valencia, Luis Fernando Vélez y  demás compañeros de la Universidad de Antioquia, lo que en el exilio que siguió a sus muertes y aplazó la mía, me determinó y enrutó por este tormentoso y riesgoso  camino. A ellos dedico, con el alma, lo que haya podido lograr en este campo.  Y en su memoria seguiré haciendo la tarea hasta que mi muerte nos hermane para siempre.

Por las balas que lo mataron prematuramente, por su constante inquietud intelectual y por una especie de compulsión que lo llevaba a cambiar de tema con frecuencia y a no dar continuidad a algunos desarrollos, muchas de las lecciones del Dr. Abad en salud pública quedaron inconclusas o les faltó mayor cultivo y profundidad. Nos toca a los que seguimos y a los que vendrán después, decantar y aplicar sus enseñanzas, discutir sus propuestas embrionarias y tal vez corregir algunos rumbos y hasta refutar algunas argumentaciones. Todo ello es necesario y creo que él estaría feliz de ver germinar sus semillas y recortar las malezas que inevitablemente crecen en cualquier campo, más cuando tiene la complejidad del campo de la salud pública.   Y tranquilos que él, intensamente vivo, nos seguirá acompañando y enseñando. Porque el sembrador siempre nace.

[1] Franco, Saúl. El sembrador siempre nace: a propósito de la jubilación del Dr. Héctor Abad G. Boletín.   Asociación de profesores. Universidad de Antioquia, 5:12-13, Medellín, octubre 1982.

[2] Abad Faciolince, Héctor. El olvido que seremos. Editorial Planeta. Bogotá, 2006

[3] Franco, Saúl. El esencial. La Hoja de Medellín. 23:10-13. Medellín, agosto de 1994.

[4] Quevedo, Emilio. Cuando la higiene se volvió pública. Revista Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia, Vol.52, No. 1:83-90. 2004.

[5] Lecourt, Dominique. Dictionnaire de la pensée médicale.  Presses Universitaires de France, 2004, pag. 606.

[6] Abad, G. Héctor. Características del desarrollo científico en Colombia y su relación con la salud pública.  Serie Publicamos, No. 1. Sociedad Vallecaucana de salud pública. Cali, septiembre, 1986.

[7] Franco, Saúl. Dos salubristas y universitarios esenciales: Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur. Agenda Cultural. Universidad de Antioquia, No. 135:  10-16, agosto 2007.

[8] Abad Gómez, Héctor. Necesidad de estudios epidemiológicos sobre la violencia. Primer Congreso Colombiano de Salud Pública. Medellín. Editorial Bedout, noviembre de 1962.

[9] Abad Gómez, Héctor. La violencia: síntoma de enfermedad social.  Editorial. Boletín Epidemiológico de Antioquia, II(1), 1987. En: Momento Médico. Suplemento, p. 7, Medellín, agosto, 1987.

La Corporación para la Educación y la Salud Pública Héctor Abad Gómez es una organización social sin fines de lucro y de carácter privado, que pretende adelantar acciones y proyectos para beneficiar población de bajos recursos.