El voto no es una mercancía: el pensamiento de Héctor Abad Gómez ante las elecciones presidenciales de 2026

A un mes de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo de 2026, Colombia vuelve a entrar en una de esas horas en que la democracia no se mide solo por los tarjetones, los discursos o las encuestas, sino por la dignidad con que una sociedad decide su destino. En su columna de 1981, “Mercaderes de votos y puestos”, Abad Gómez denunciaba una deformación que sigue viva: la política convertida en intercambio de favores, cargos, obediencias y silencios.

Para el maestro Abad Gómez, la política era “una de las actividades más nobles e importantes del quehacer humano”; sin embargo, en campaña, el país se ha acostumbrado a ver la democracia como espectáculo: promesas lanzadas al aire, insultos que reemplazan argumentos, adhesiones compradas con miedo, contratos, burocracia o resentimiento. Pero el voto no debería ser una mercancía. No es una ficha para entrar al banquete del poder. Es una decisión sobre la vida concreta de millones de personas: la escuela rural, el hospital público, la seguridad del barrio, el derecho a disentir, la protección de los líderes sociales, la vejez sin abandono, la juventud con oportunidades.

Abad Gómez también entendió algo decisivo: cuando la política se degrada, la ciudadanía empieza a despreciar no solo a los malos políticos, sino también a la política misma. Y allí aparece un peligro mayor: la apatía. En el mismo texto advertía que muchos jóvenes se declaraban “apolíticos”, asqueados por lo que veían, sin advertir que esa apatía política podía contribuir a mantener el estado de cosas que querían cambiar. Esa es una de las preguntas éticas de estas elecciones: ¿vamos a dejar la política en manos de quienes la empobrecen? ¿O vamos a reclamarla como un espacio de servicio, de deliberación y de responsabilidad colectiva?

En “Carta a un político”, Héctor Abad Gómez nos ofrece otra clave para leer el presente: gobernar exige equilibrio, sabiduría y bondad. No bastan el conocimiento técnico, ni la consigna ideológica, ni la fuerza de una mayoría. “El mero conocimiento no es sabiduría”, escribió; y añadió que son necesarias “la sabiduría y la bondad para enseñar y gobernar a los hombres”. Esa frase debería estar en la entrada de cada sede de campaña. Colombia no necesita gobernantes que crean tener una respuesta única para todos los dolores. Abad Gómez desconfiaba de los fanatismos unilaterales, incluso cuando nacían de causas aparentemente buenas: salud, educación, economía, alimentación, religión. Su mirada era integral: el ser humano no puede reducirse a una sola dimensión. La salud, decía, no es apenas la ausencia de enfermedad; el bienestar también depende del trabajo, de la seguridad económica y social, de la vida familiar, de los afectos y de las condiciones de existencia.

Aplicado a estas elecciones, ese pensamiento nos obliga a exigir programas que no fragmenten la vida. No hay seguridad real sin derechos. No hay crecimiento económico legítimo si aumenta la humillación social. No hay salud pública sin agua potable, alimentación, vivienda, educación y paz territorial. No hay democracia cuando el adversario es tratado como un enemigo absoluto. No hay libertad si los más pobres solo aparecen en campaña como fotografía, multitud o promesa.

Releer a Abad hoy es rechazar dos tentaciones: la del mercado electoral y la del fanatismo político. La primera compra conciencias; la segunda clausura preguntas. Una convierte al ciudadano en cliente. La otra lo convierte en soldado. Ambas empobrecen la democracia. Por eso, ante las elecciones presidenciales, la memoria de Héctor Abad Gómez nos exige preguntarnos quién se beneficia de cada promesa, qué intereses se esconden detrás de cada miedo, qué vidas quedan por fuera de cada programa, qué candidato habla de derechos solo cuando le conviene, qué campaña prefiere el odio porque no tiene argumentos.

Votar, en clave Abadista, no es escoger un salvador; es defender la posibilidad de una salida civilizada, es decir, política. En 1981, Abad Gómez preguntaba si era posible una salida democrática frente a la desacreditación de la política y respondía que dependía de la decisión de muchas personas de hacer de ella una actividad noble y hermosa, en beneficio de la nación. Esa decisión no corresponde solo a los candidatos. También pertenece a quienes votan, preguntan, deliberan, denuncian, cuidan la palabra y no entregan su conciencia por rabia, miedo o conveniencia.

Dentro de un mes, Colombia no solo elegirá un presidente. También decidirá qué entiende por política: si una feria de puestos y favores, o una tarea común para proteger la vida. Héctor Abad Gómez nos recuerda que una democracia enferma no se cura con indiferencia, ni con fanatismo, ni con caudillos. Se cura con ciudadanía, con verdad, con justicia social y con una ética elemental: gobernar es servir a los Otros, al bien común.

Por Cristian Giraldo Castaño

Ex coordinador Corporación Héctor Abad Gómez | Maestro, estudiante de Doctorado en Educación, UdeA

La Corporación para la Educación y la Salud Pública Héctor Abad Gómez es una organización social sin fines de lucro y de carácter privado, que pretende adelantar acciones y proyectos para beneficiar población de bajos recursos.