Gaza a la luz del pensamiento de Héctor Abad Gómez

«¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo este desangre diario, cotidiano, rutinario, macabro? Hasta que todas la fuerzas sociales digan no. Hasta que todos nos unamos para rechazar el crimen, la violencia y la muerte. Hasta que entendamos que la vida es el más fundamental y elemental de todos los derechos humanos y que la constante violación de este derecho no puede seguir tolerándose impunemente, calladamente, resignadamente. Debemos decir basta. Debemos decir: no más atropellos a la vida humana, a la integridad de las personas, a su derecho a vivir sin temor, en paz y armonía». Héctor Abad Gómez

Releer a Héctor Abad Gómez frente a la devastación que vive Palestina es un ejercicio necesario. Aunque su obra estuvo anclada en la Colombia de mediados del siglo XX, en sus escritos hay convicciones que trascienden fronteras y épocas: la vida como valor absoluto, la violencia como epidemia social, la injusticia como raíz de los conflictos, y la urgencia de no callar frente a la barbarie.

Abad, médico y salubrista, recordaba que cada muerte prematura era un fracaso colectivo. Lo decía en un país donde la violencia cobraba miles de vidas cada año y donde la sociedad parecía acostumbrarse a contarlas como si fueran simples datos de orden público. Su indignación frente a esa banalización tiene hoy eco en la forma en que el mundo recibe las noticias de Gaza: niños muertos bajo los escombros, familias privadas de agua y alimentos, hospitales arrasados, vidas reducidas a estadísticas en comunicados oficiales.

Si algo proponía Abad era estudiar la violencia como una enfermedad social. Así como la epidemiología identifica causas y factores de propagación de una epidemia, la violencia debía entenderse como resultado de decisiones humanas y estructuras de poder. Gaza, en este sentido, no es un accidente bélico, sino la consecuencia de un sistema sostenido en el despojo, la ocupación y el castigo colectivo. Allí la violencia se reproduce como una infección que se transmite de generación en generación porque las condiciones de injusticia permanecen intactas.

Uno de los legados más claros de Abad fue su visión integral de la salud pública. Decía que el bienestar humano se sostenía sobre cinco pilares básicos: agua, alimento, albergue, aire y amor. Cinco condiciones sin las cuales no puede hablarse de vida digna. Y es precisamente en Gaza donde esas cinco “A” han sido negadas de manera sistemática, convertidas en herramientas de presión y de sometimiento contra un pueblo entero.

El agua fue para Abad la primera fuente de salud. Ya en su tesis de grado denunció la contaminación del agua de Medellín y vinculó esa realidad con la propagación de enfermedades intestinales. Para él, negar el acceso a agua limpia era una forma de condenar a la población a la enfermedad y la muerte. En Gaza, los ataques a la infraestructura hídrica y el bloqueo del suministro hacen de esta privación una realidad diaria: familias que dependen de agua contaminada, niños que mueren deshidratados. El agua se convierte allí en un arma de guerra, en un recurso manipulado para quebrar la resistencia de un pueblo.

El alimento era el segundo pilar de ese bienestar. Abad veía en la desnutrición no un problema aislado, sino la expresión más brutal de la desigualdad. En hospitales y comunidades rurales insistía en que un niño que muere de hambre es una denuncia silenciosa contra la sociedad entera. En Gaza, el bloqueo de alimentos, la interrupción de corredores humanitarios y el desabastecimiento convierten la mesa vacía en parte de la estrategia de sometimiento. El hambre aparece no como consecuencia de una catástrofe natural, sino como herramienta deliberada de control.

El albergue, entendido como vivienda digna, era otro de sus ejes. Para Abad, la casa no era solo un espacio físico, sino un entorno de protección para la salud física y mental. Allí donde había hacinamiento, falta de higiene o precariedad, crecía la enfermedad y se deterioraba el tejido social. Gaza es hoy un territorio de desplazados internos: casas reducidas a ruinas, familias enteras amontonadas en refugios improvisados, sin condiciones mínimas de seguridad ni de saneamiento. Destruir el albergue es, en este contexto, destruir la posibilidad de comunidad, arrancar a las personas de su territorio y despojarlas de su intimidad.

El aire, muchas veces invisible en las discusiones de salud pública, fue también parte de su legado. Abad advirtió tempranamente que la contaminación ambiental en ciudades como Medellín era una amenaza silenciosa para la salud. Lo que hoy vemos en Gaza supera con creces esas preocupaciones: el humo de los bombardeos, el polvo de los escombros, los químicos liberados por explosiones hacen del aire un veneno cotidiano. Respirar, que debería ser la función más elemental de la vida, se convierte en un riesgo constante.

Finalmente, Abad hablaba del amor como la base intangible pero fundamental de la salud social. No se trataba de sentimentalismo, sino de reconocer que la solidaridad, el cuidado mutuo y la empatía son lo que permite a las comunidades sobrevivir y prosperar. En Gaza, ese amor resiste en quienes comparten el pan escaso, en los médicos que trabajan en hospitales destruidos, en las madres que protegen a sus hijos en medio del horror. Pero lo que domina desde afuera es la negación sistemática de esa humanidad: un mundo que calla, que se acostumbra a la barbarie y que mira hacia otro lado mientras un pueblo entero es privado de su derecho a vivir.

La mirada de Abad sobre la injusticia nos ayuda a comprender lo que ocurre. Para él, toda violencia tenía como raíz la negación de derechos básicos. La paz no podía ser impuesta desde arriba ni sostenida sobre la humillación de los más débiles. En Gaza, como en tantas partes del mundo, la injusticia es la semilla de la violencia, y mientras persista la ocupación y el despojo, ninguna tregua será verdadera paz.

Abad también advertía contra el silencio cómplice. Decía que la historia debía ser dura con nosotros porque habíamos sido demasiado blandos con la injusticia. Ese llamado resuena hoy frente a la indiferencia internacional. Pero no estamos sin voces: cada vez más personas, organizaciones y Estados alzan su palabra, denuncian, protestan. Callar ante la muerte de miles, justificarla en nombre de la seguridad o de la política global, equivale a participar en la barbarie.

Más que un ejercicio de memoria, leer a Abad frente a Gaza es una invitación a reconocer que su legado sigue vivo. Su insistencia en que la salud es un derecho integral, en que la vida debe ser protegida por encima de todo, en que la injusticia es el motor de la violencia, se convierte en un espejo incómodo para nuestro presente. Nos recuerda que no hay neutralidad posible frente a la devastación: o se está del lado de la vida, o se es cómplice de su destrucción.

La Corporación para la Educación y la Salud Pública Héctor Abad Gómez es una organización social sin fines de lucro y de carácter privado, que pretende adelantar acciones y proyectos para beneficiar población de bajos recursos.