Héctor Abad Gómez y sus reflexiones sobre la UdeA
En la conmemoración del 9 de octubre, este artículo propone un ejercicio de perspectiva histórica: volver a las columnas de Héctor Abad Gómez —médico salubrista, periodista incisivo y firme defensor de la UdeA— para pensar la crisis actual del Alma Máter. Sus escritos, cargados de advertencias sobre las «oligarquías educativas» y el autoritarismo, nos ofrecen un lente crítico para interpretar los desafíos contemporáneos, especialmente la crisis financiera que exige $148.000 millones para cerrar el año. ¿Qué dirían hoy sus palabras frente a la tensión entre el valor social y la asfixia económica de la Universidad de Antioquia?
La crisis financiera como estrategia de control
Héctor Abad Gómez detectó a tiempo la dinámica de las élites que buscaban un control ideológico sobre la universidad, denunciando el intento de imponer un «orden, impuesto desde arriba» (Enero 26/80) y el surgimiento de una «nueva oligarquía educativa» (Enero 26/80).
En 2025, este control se manifiesta de forma sutil, pero devastadora: a través de la desfinanciación crónica y la autolimitación interna. La UdeA parece enfrascada en sus propios problemas de gobernanza y recursos, lo cual impide la organización necesaria para potenciar su conocimiento. La energía, que debería dirigirse a la investigación y la extensión, se agota en la supervivencia administrativa y los conflictos inter-estamentales. Abad Gómez había defendido la necesidad de decisiones democráticas tomadas en «grandes asambleas con amplísima y ordenada concurrencia» (Marzo 18/80), una organización que hoy se ve socavada por el conflicto permanente.
A inicios de octubre, la administración de la UdeA ha reconocido que requiere $148.000 millones de pesos para cumplir con sus obligaciones hasta el 31 de diciembre. Esta cifra muestra que el hueco financiero histórico —que ronda los $400.000 millones— persiste.
La presión al modelo: La necesidad de solventar el déficit lleva a la UdeA a buscar créditos de tesorería ($54.000 millones aprobados) y a la venta de bienes no misionales, obligando a concentrar la energía en la gestión financiera y desviando el foco de la misión social y crítica.
La respuesta parcial de la Ley 30. El Congreso aprobó la modificación de los artículos 86 y 87 de la Ley 30 de 1992, un avance que busca incrementar los recursos base y de inversión para las universidades públicas. Sin embargo, en el corto plazo, esta inyección aún resulta insuficiente frente a los cerca de $148.000 millones que requiere la UdeA para cubrir su déficit actual. La institución continúa, por tanto, en un estado de emergencia financiera que dificulta atender las demandas internas y garantizar condiciones dignas para su comunidad.
Así, aunque la reforma a la Ley 30 representa un reconocimiento estatal largamente esperado, todavía no logra transformar la lógica de desfinanciación estructural que, en palabras de Héctor Abad Gómez, podría entenderse como un “principio de autoridad económico”: una forma de control silenciosa, ejercida no por la represión directa, sino por la asfixia presupuestal.
La inspectoría financiera: La presencia de una inspectora del Gobierno Nacional, si bien es una respuesta a la crisis, es percibida como un «principio de autoridad» (Marzo 18/80) que limita la autonomía. La paradoja es que la UdeA no logra generar la «ordenada concurrencia» interna para tomar decisiones sólidas, dejando una grieta por la que se cuela la intervención externa.
El riesgo de una universidad deshumanizada
Abad Gómez advertía contra la reducción de la universidad a un centro de formación técnica. Temía una institución que solo formara «técnicos, tecnócratas, artesanos y ‘doctores’ que solo sepan, se preocupen y piensen en cómo ser más eficientes en su ‘productividad’» (Septiembre 6/80), la cual sería una «universidad deshumanizada».
El conocimiento para la ganancia de capital: La productividad en la UdeA, bajo su ideal, es la aplicación de la sabiduría al servicio social. Si bien criterios como los rankings, las patentes y las publicaciones indexadas son necesarios para medir la calidad y la visibilidad de la investigación, el riesgo de perversión es alto. La paradoja actual radica en que la retórica de la «pertinencia al mercado» y el «emprendimiento» solapa la tendencia a orientar el conocimiento hacia la ganancia de capital. El conflicto emerge cuando los criterios de financiación obligan a priorizar la métrica cuantificable sobre la sabiduría crítica y la investigación de impacto social lento.
La presión presupuestal obliga a las facultades a buscar autofinanciación mediante convenios y servicios, una tendencia que, si no se equilibra, corre el riesgo de priorizar la «aplicación» y la «técnica» sobre la «sabiduría» y el «conocimiento integral» (Septiembre 27/80).
El legado de Abad Gómez exige que el profesional no solo piense en su técnica, sino que «se dediquen a asociar históricamente con gran peligro las estructuras caducas que sostienen las actuales instituciones» (Septiembre 27/80). ¿Cómo podrá un profesor de Humanidades fomentar este pensamiento disruptivo si su facultad es la primera en enfrentar recortes por ser considerada «menos productiva» que un laboratorio de ingeniería? La desfinanciación, en este contexto, es un ataque directo a las áreas críticas del pensamiento y a la capacidad de reflexionar sobre la sociedad.
La inclusión como misión y como riesgo
El médico salubrista entendía la UdeA como el gran ascensor social de Antioquia, una institución abierta a «todos los que pudieran ingresar a ella y estudiaran tranquilos» (Enero 26/80). Su lucha comenzó en Medicina contra el concepto que los estudios no eran «ni para pobres ni para negros» (Enero 26/80).
Si bien la inclusión ha avanzado, la crisis financiera de 2025 proyecta sombras sobre la permanencia de los estudiantes más vulnerables:
Vulnerabilidad de todos los estamentos: El déficit obliga a la UdeA a implementar planes de austeridad y a reducir gastos. Esta incertidumbre financiera no solo toca los programas de bienestar y las becas de sostenimiento estudiantil, reforzando el «criterio elitista» que Abad Gómez combatía, sino que también genera precariedad e inestabilidad entre profesores y empleados (contratos, nómina, proyectos). La presión por la supervivencia se convierte en una carga compartida que afecta la calidad misional y la sensación de seguridad de toda la comunidad.
La voz estudiantil: En este contexto de crisis, la capacidad de los estamentos para organizarse es vital. Un hito que Héctor Abad Gómez habría celebrado con vehemencia es que, después de 23 años, la silla de la representación estudiantil en el Consejo Superior Universitario (CSU) por fin se ha ocupado. Este logro democrático, que afirma el espíritu de participación que él siempre promovió, se da en medio del riesgo de que cualquier demanda de los estamentos sea silenciada por el «principio de autoridad» (Marzo 18/80) camuflado como prioridad de supervivencia económica. La «lucha dialéctica» de la que Abad hablaba corre el riesgo de ser suprimida por la presión de la crisis.
En este Día Clásico, la Universidad de Antioquia se encuentra en una encrucijada existencial. El legado de Héctor Abad Gómez no es un mero recuerdo; es una brújula que señala la necesidad imperiosa de defender su autonomía financiera, crítica y social.
La profecía sobre la «lucha dialéctica» a un nivel más avanzado (Enero 26/80) se ha cumplido: la batalla de hoy es contra la sutil asfixia presupuestal que amenaza con reducir el Alma Máter a una factoría de técnicos al servicio del capital. Aunque la modificación de la Ley 30 representa un avance histórico, la urgencia del déficit actual demuestra que la autonomía financiera sigue siendo la trinchera final. La comunidad universitaria debe superar el estancamiento interno para responder a su misión. La UdeA debe asegurar que, «invicta en su fecundidad», no se convierta en la «universidad deshumanizada» que él temía, logrando esa «ordenada concurrencia» para potenciar el conocimiento en beneficio de la nación.
Compartimos las imágenes de sus columnas originales —con las fechas y el medio en que fueron publicadas—, como testimonio de la vigencia de sus reflexiones y del contexto histórico en que fueron escritas.
