Zaragoza, 1984: cuando Héctor Abad Gómez habló por la vida y los derechos humanos de Colombia
En noviembre de 1984, Héctor Abad Gómez tomó la palabra en el Congreso Iberoamericano Pro Derechos Humanos, celebrado en Zaragoza, España. Lo hizo como delegado del Comité Nacional Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos de Colombia, organización que había surgido siete años antes como respuesta a la violencia política y a las violaciones sistemáticas de los derechos fundamentales. Su intervención más que una denuncia, fue una apuesta ética por la paz, la justicia social y la dignidad humana.
Cuarenta años después, sus palabras siguen resonando con inquietante actualidad. Abad Gómez describía un país desgarrado por la violencia, la persecución y el miedo, pero también movido por una fuerza moral que no se rendía. Recordaba que el Comité de Derechos Humanos nació de la conciencia colectiva de médicos, abogados, profesores y ciudadanos que se negaron a aceptar la indiferencia como norma. Denunció los atropellos cometidos bajo el llamado Estatuto de Seguridad y la doctrina de la “Seguridad Nacional”, importada desde Estados Unidos, que justificaba la represión con el argumento del orden público. Su voz, serena y firme, se alzó para afirmar que ninguna forma de violencia estatal o insurgente podía servir de excusa frente a la dignidad humana.
El contexto político de aquel momento era complejo. En 1984, el gobierno de Belisario Betancur impulsaba los primeros acuerdos de paz con las guerrillas y una amnistía para los combatientes, lo que Abad Gómez interpretaba como un signo de esperanza. Su discurso en Zaragoza fue, en ese sentido, un gesto de reconocimiento hacia quienes desde distintos frentes buscaban el diálogo y la reconciliación nacional. Pero al mismo tiempo fue una advertencia lúcida: la paz no podía ser solo un pacto de silencios, sino un compromiso profundo con la justicia social.
«O bien somos capaces los colombianos de hacer un alto en un camino de guerra sucia y violencia que nos ha costado tanta sangre, tantas muertes y tantas lágrimas, para dedicarnos a construir un país más justo política, económica y socialmente, o volvemos de nuevo a una guerra civil de imprevisibles consecuencias».
Esa disyuntiva, formulada hace cuatro décadas, continúa siendo una pregunta abierta para Colombia. Hoy el país enfrenta nuevas formas de violencia, desigualdad y exclusión, y sigue buscando los caminos para consolidar una paz que sea más que la ausencia de guerra. Leer el discurso de Zaragoza en este contexto es reconocer la persistencia de esas heridas, pero también la vigencia de la esperanza que Abad Gómez defendía: la posibilidad de construir un orden social basado en el respeto, la verdad y la solidaridad.
El médico y defensor de derechos humanos no hablaba solo en nombre de una organización; hablaba desde una ética de la responsabilidad. Su compromiso con la vida lo llevó a entender que la salud, la educación y la justicia eran dimensiones inseparables de la dignidad humana. Por eso cerró su intervención con una promesa que hoy sigue convocando:
«Nos unimos también a ustedes para proseguir un trabajo conjunto que da significado a nuestras vidas: la preocupación, el interés, la lucha sin descanso, el intenso y permanente compromiso, por defender los inalienables derechos humanos de todos los habitantes de la tierra».
Recordar a Héctor Abad Gómez no es un acto de nostalgia, sino de continuidad. Su discurso en Zaragoza no pertenece solo al pasado; interpela el presente y nos recuerda que los derechos humanos no se defienden una vez y para siempre, sino todos los días, en cada gesto de respeto y en cada acción colectiva por la justicia.
Hoy, cuando nuevas generaciones asumen la tarea de cuidar la vida, su mensaje vuelve a iluminar el camino: la defensa de los derechos humanos sigue siendo el punto de partida y el horizonte ético de cualquier sociedad verdaderamente libre.